Tortugas Ninja comenzaron como una broma y quedaron: la historia que pocos conocen
Teenage Mutant Ninja Turtles o como su traducción dice “Las Tortugas Ninjas Adolescentes Mutantes” tiene su historia.
Si bien de ellas conocemos series, películas y mucho pero mucho merchandising, hay que decir que las mismas nacieron de un dibujo medio en broma y medio en serio y por dos compañeros que con el intento de parodiar a Daredevil, se convirtió en un ícono cultural. Y a esas cuatro tortugas que revitalizaron los nombres de los grandes renacentistas (Leonardo, Raphael, Donatello y Michelangelo) se sumaron mentores y aliados: Splinter y la periodista April O'Neill; y unos villanos entre terroríficos y bizarros como Destructor, Bebop y Rockoso o al inefable alienígena Krang.
Tortugas... ¿Adolescentes? ¿Mutantes? y ¿Ninjas?
El origen de las Tortugas Ninjas Adolescentes Mutantes se remonta a 1984, cuando Peter Laird invitó a un joven Kevin Eastman a compartir estudio y, en broma, dibujaron una tortuga, le pusieron antifaz y empezaron a bromear sobre una idea, a modo de parodia de Daredevil. Así en vez de ser simples tortugas o mutantes por nacimiento, estas obtendrían sus poderes de un derrame radiactivo.
La cosa es que, como advierte la frase, “era un chiste y quedó”, las tortugas adolescentes mutantes ninjas fueron creciendo en las cabezas de Eastman y Laird y terminaron fundando un sello, poniendo plata en publicidad en las revistas-guía comiqueras de la época que agotaron la primera tirada, que no fue grandiosa ni siquiera para los estándares de hoy (3250 ejemplares) pero ofrecía algo tan pregnante en su diseño que lejos de bajar, como suele suceder, en los números siguientes fue vendiendo más y más.
Menos de cinco años después tenían dibujos animados y la tercera línea de juguetes más vendida de Estados Unidos, apenas por detrás de los de G.I. Joe y Star Wars. Y su primer videojuego, también. Es más, su primera película con actores fue la más taquillera para el cine independiente norteamericano del año de su estreno, 1990. Zarpado es poco.
Pero, ¿por qué funcionaron tanto? Con el diario del lunes es fácil hipotetizar: convirtieron en bichos cool y mega poderosos a animalitos que, de otro modo, suelen ser descritos como lentos y no muy avispados. Son ninjas -eso siempre es cool- y mutantes -que estaban de moda hace 40 años y sirven para seguir explicando lo que sea hoy también-, tienen personajes secundarios increíbles (-los secuaces mutantes del villano Destructor son hermosos- y, como sucede con muchos otros personajes exitosos que devienen íconos, un potencial casi ilimitado para pasar de un estilo gráfico a otro.
Pero hay algo más ahí. En el fondo, las cuatro tortugas son un grupo de amigos que se junta a comer pizza, ver televisión y tomar unas cervezas o sodas. Cosas que muchos jóvenes hacen; y una cosa que muchos querrían hacer. Esa es la idea germinal que se cruza con ese potencial gráfico ilimitado.
Los papás tortugos
El cómic original era todo lo punk que podía ser. En su estilo gráfico -blanco y negro, crudísimo-, en su concepto. Pero, en el proceso de volverse mainstream, las tortugas adolescentes ninjas... mutaron. Incluso a veces más de lo que a sus creadores les hubiera gustado, según admitieron. Y esa mutación sigue en tensión en cualquiera de sus iteraciones. Porque aún la versión más infantilizada de los personajes conserva un destello bardero en el brillo de los sais de Raphael; y ni la versión más salvaje puede librarse de la caricatura que representan Bebop y Rockoso.
Eastman supo reconocer que permitieron que los lados más alocados de las adaptaciones se hicieran y que hasta los disfrutaron, pero porque mantuvieron los originales como propios. Esto habría que matizarlo, porque la dupla fue la fija de los créditos del cómic en los primeros 23 números, menos de dos años. Desde entonces y por los siguientes tres o cuatro años, la serie (ir)regular se sostuvo gracias a dibujantes y guionistas invitados. Es que la tortumanía había crecido tanto que, en un punto, sus creadores eran más administradores de una franquicia que artistas.

"Hay cosas a las que desearíamos haberles dicho que no", admitió en algún punto Eastman. Y su compañero llegó a poner por escrito que lamentaba el tono más suave de la serie animada. En las vueltas que da la vida, Eastman fue el primero en alejarse. Le vendió su parte de las cañerías de Nueva York a Laird y, con el alejamiento, ganó un poco de aire y perspectiva. Cuando el cómic finalmente recaló en IDW Publishing, hace algunos años, lo hizo con su firma.
Laird, en tanto, había seguido haciendo crecer el negocio hasta perder el cariño por los lápices. Ahí se rescató y vendió todo. "No sé cuándo fue la última vez que salí con un anotador para dibujar por gusto", declaró. Estaba quemado.
A casi 40 años de su invención, las Tortugas Ninjas siguen siendo unas encantadoras eternas adolescentes y nos recuerdan que la pizza es lo más rico del mundo.
